Era aquello... ¿cómo lo diré yo?... un gallardo artificio sepulcral deatrevidísima arquitectura, grandioso de traza, en ornamentos rico, poruna parte severo y rectilíneo a la manera viñolesca, por otra movido,ondulante y quebradizo a la usanza gótica, con ciertos atisbosplaterescos donde menos se pensaba; y por fin cresterías semejantes alas del estilo tirolés que prevalece en los kioskos. Tenía piramidalescalinata, zócalos greco-romanos, y luego machones y paramentosojivales, con pináculos, gárgolas y doseletes. Por arriba y por abajo, aizquierda y derecha, cantidad de antorchas, urnas, murciélagos, ánforas,búhos, coronas de siemprevivas, aladas clepsidras, guadañas, palmas,anguilas enroscadas y otros emblemas del morir y del vivir eterno. Estosobjetos se encaramaban unos sobre otros, cual si se disputasen,pulgada a pulgada, el sitio que habían de ocupar. En el centro delmausoleo, un angelón de buen tallo y mejores carnes se inclinaba sobrauna lápida, en actitud atribulada y luctuosa, tapándose los ojos con lamano como avergonzado de llorar; de cuya vergüe